Microchips para empleados


Acceder a diversas áreas de la empresa, encender el ordenador, pagar la comida… En algunas empresas todas estas acciones se empiezan a hacer con un chip implantado en la mano, en un anillo o un brazalete. Estos primeros casos de “digitalización ciborg” corporativa están dando pie a un debate ético. Estos son los pros y contras.

Sustituir pases de acceso, contraseñas, tarjetas de comida… por un gesto de la mano es rápido y económico (hay chips desde 20 céntimos la unidad). En la empresa belga Newfusion, mencionada en el periódico El Mundo, la idea surgió de los mismos empleados, jóvenes y orientados a la innovación. Algunos de los productos diseñados en la empresa utilizan este tipo de tecnología inalámbrica, por lo que su adaptación se realizó de forma  “natural”. De hecho, la empresa considera que pronto sustituirá a los pasaportes, tarjetas bancarias, abonos de transporte e incluso información médica. Sin embargo, en Newfusion la implantación de este tipo de chip es totalmente voluntario.

La idea no es nueva. Según afirma la revista digital de El País, “en Suecia, uno de los países a la vanguardia de la adopción de la tecnología, durante los últimos tres años, más de 3.000 habitantes se han instalado voluntariamente un microchip para usar el transporte público, guardar los billetes de tren, abrir la puerta de su casa o incluso para utilizarlo como DNI en operaciones sencillas”.

Este medio explica también el caso de la multinacional Three Square Market, que en 2017 inyectó el microchip en las manos de 50 de sus trabajadores, inspirada por una empresa sueca.

Este injerto digital, que sirve para agilizar procesos de acceso, identificación y transacciones, funciona por radiofrecuencia, es pequeño como un grano de arroz y se coloca entre el pulgar y el índice. No incluye GPS y apenas tiene memoria, con lo que no permite que una persona sea localizable. Pero sí rastreable. La empresa puede conocer cada paso que da cualquier trabajador: por dónde ha pasado, cuándo enciende el ordenador, cuánto tiempo ha descansado, qué ha comprado en una máquina o qué ha comido…

Esta nueva tecnología se introduce bajo la piel, por lo que se da un paso hacia el biohacking o hacia la mejora como humano mediante la instalación en el cuerpo de un dispositivo tecnológico.

Para los detractores, es un paso más hacia la pérdida de libertad y privacidad en que se ve inmersa la humanidad, controlada por empresas y gobiernos.

El director de Newfusion, la empresa belga antes mencionada, asegura que un iPhone es diez veces más peligroso para la privacidad que un chip: “La tecnología hace más fácil nuestra vida cotidiana. No hay que tenerle miedo, basta con probarlo”, agrega en La Vanguardia.

Biohackers o súbditos tecnológicos

“O los humanos nos transformamos en organismos cibernéticos o nos convertiremos en simples mascotas de la inteligencia artificial”, el mismo artículo de La Vanguardia menciona estas palabras del visionario Elon Musk, que está financiando proyectos para desarrollar una prótesis neural que permita comunicarse por telepatía o desarrollar capacidades cognitivas extra como más memoria o visión nocturna.

Algunas personas ya han dado primeros pasos experimentales. Como el famoso Neil Harbisson y su antena en el cráneo para percibir los colores. O la bailarina Moon Ribas, que se ha implantado sensores en los pies para percibir más profundamente la vibración del movimiento.

Implantarse un microchip parece ser el siguiente paso en la evolución tecnológica, propiciado por el internet de las cosas. Pero lo que hasta ahora se considera positivo, como lentes, audífonos, prótesis o marcapasos que reparan la salud, se enfrenta a problemas éticos cuando se trata de potenciarnos como humanos.

Sin embargo, los criterios bioéticos van cambiando. Y son varias las empresas que están invirtiendo en este campo. Los avances están creciendo exponencialmente, poniendo a prueba numerosos límites.

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